lunes, 17 de febrero de 2014

Una lección de escritura dentro de una novela

Fragmento de Expiación, de Ian McEwan*: la carta de rechazo (pero también de estímulo para que siga escribiendo) al cuento que Briony Tallis, la entonces joven protagonista, había enviado a una revista literaria. La carta es lo dicho y más, porque es, también, una pequeña lección de escritura.

Querida señorita Tallis:
Gracias por enviarnos Dos figuras junto a una fuente y, por favor, acepte nuestras disculpas por haber tardado tanto en contestarle. Como sin duda sabe, no tenemos por costumbre publicar relatos cortos de un escritor desconocido ni, a decir verdad, de uno consagrado. Sin embargo, lo hemos leído con la idea de seleccionar algún fragmento. Por desgracia, no podemos hacerlo. Le devuelvo el manuscrito en sobre aparte.
Dicho esto (y a sabiendas, en principio, de que no deberíamos hacerlo, pues hay muchas cosas que hacer en esta oficina), empezamos a leer su texto con sumo interés. Aunque no podemos ofrecerle la publicación de ninguna parte del relato, pensamos que debe usted saber que en esta redacción hay otras personas, además de mí mismo, que leeríamos con interés lo que usted pudiera escribir en el futuro. No nos satisface el promedio de edad de nuestros colaboradores y estamos ansiosos de publicar a jóvenes prometedores. Nos gustaría ver su trabajo, en especial si piensa escribir algunos cuentos cortos.
Dos figuras junto a una fuente nos pareció lo bastante fascinante para leerlo con profunda atención. No lo digo a la ligera. Rechazamos muchos textos, incluso de autores de renombre. Hay algunas imágenes buenas –me gustó «la hierba larga acechaba junto al amarillo leonado del pleno verano»–, y apresa usted una secuencia de pensamiento y luego lo representa con diferencias sutiles, con el fin de intentar caracterizaciones. Capta algo singular e inexplicado. No obstante, nos preguntamos si esto no es quizás en exceso tributario de las técnicas de Virginia Woolf. El cristalino instante presente es, por supuesto, un asunto digno por sí mismo, sobre todo para la poesía; permite a un escritor mostrar sus dotes, ahondar en los misterios de percepción, ofrecer una versión estilizada de los procesos mentales, explorar las rarezas y la naturaleza imprevisible del ego personal, etc.
¿Quién duda del valor de esta experimentación? Sin embargo, una escritura así puede convertirse en preciosista cuando no produce una sensación de avance. Dicho a la inversa, nuestra atención se habría mantenido tanto más despierta si hubiese habido un flujo subyacente de simple narrativa. Hace falta desarrollo.
Así por ejemplo, está bellamente descrita la fundamental incomprensión que de la situación tiene la niña que está en la ventana, y cuya crónica es la primera que leemos. También lo está la determinación que ella toma, y el sentimiento de iniciación en los misterios de los adultos. Sorprendemos a esta chica en el despertar de su propio ser. Nos intriga su resolución de abandonar los cuentos de hadas y los cuentos populares caseros y las obras de teatro que ha estado escribiendo (sería mucho mejor que conociéramos alguno de ellos), pero quizás haya arrojado al bebé de la técnica narrativa junto con el agua de la ficción popular. A pesar del buen ritmo de escritura y de ciertas felices observaciones, no sucede mucho más después de un comienzo tan prometedor. Un joven y una joven que se encuentran junto a una fuente, claramente unidos por no pocos sentimientos sin resolver entre ellos, se disputan un jarrón Ming y lo rompen. (Más de uno de nosotros pensó que un jarrón Ming sería demasiado valioso para sacarlo al aire libre. ¿No sería más apropiado un jarrón de Sèvres o un Nymphenburg?). La mujer se introduce en la fuente totalmente vestida para recuperar las piezas. ¿No le parece mejor que la niña que presencia la escena no sepa que en realidad el jarrón se ha roto? Así sería mucho más misterioso para ella que la mujer se sumerja en el agua. Cantidad de cosas podrían emanar del material que posee, pero dedica veintenas de páginas a la calidad de la luz y la sombra, y a impresiones fortuitas. Luego vemos las cosas desde el punto de vista del hombre, después tal como las ve la mujer…, aunque a decir verdad aprendemos muy poca cosa nueva. Sólo algo más sobre la apariencia y la textura de las cosas, y algunos recuerdos extemporáneos. El hombre y la mujer se separan, dejan un reguero de humedad en el suelo que se evapora rápidamente… y hemos llegado al final. Esta cualidad estática no realza como debería el evidente talento de la autora.
Que la niña haya comprendido plenamente o haya observado con tanta perplejidad la extraña y breve escena que se ha desarrollado ante sus ojos, ¿de qué modo afectaría la vida de los adultos? ¿Que la niña se interponga entre ellos de algún modo desastroso? ¿O uniéndoles más, ya sea sin querer o adrede? ¿Les delatará, acaso, de una manera inocente, por ejemplo, ante los padres de la joven? Ellos sin duda no aprobarían un enredo amoroso entre su hija primogénita y el hijo de la asistenta. ¿Tal vez la joven pareja utilizará a la niña como mensajera?
En otras palabras, en lugar de demorarse tanto tiempo en las percepciones de cada uno de los tres protagonistas, ¿no sería posible presentarlos con mayor economía de medios, sin por ello renunciar a una parte de esa escritura exuberante sobre la luz, la piedra y el agua que usted hace tan bien, para después crear cierta tensión, infundir al propio relato alguna luz y sombra? Puede que sus lectores más refinados campen a sus anchas por entre las teorías más recientes de Bergson sobre la consciencia, pero estoy seguro de que conservan un deseo infantil de que les cuenten una historia, de que les mantengan en suspenso y de saber lo que ocurre. Dicho sea de paso, a juzgar por su descripción, el Bernini al que usted alude está en la Piazza Barberini, no en la Piazza Navona.
Por decirlo simplemente, necesita la espina dorsal de una historia. Puede que le interese saber que una de sus ávidas lectoras ha sido Elizabeth Bowen. Recogió las resmas mecanografiadas en un momento de ocio en que pasaba por esta oficina cuando se dirigía a almorzar, pidió que le permitieran llevárselas a su casa y las acabó de leer la misma tarde. Al principio consideró que la prosa era «sobreabundante, empalagosa», aunque compensada por «reminiscencias de de Dusty Answer» (cosa que a mí jamás se me hubiera ocurrido). Luego el texto la «enganchó un rato» y finalmente nos pasó algunas notas que están, por así decirlo, entremezcladas con lo que antecede. Puede que usted esté muy satisfecha con sus páginas tal como se encuentran, puede que nuestras reservas le inspiren una rabia desdeñosa o una desesperación tal que no quiera volver a poner en ellas la mirada. Sinceramente esperamos que no sea así. Nuestro deseo es que tome nuestros comentarios –que formulamos con sincero entusiasmo– como una guía para una nueva versión.
Su carta de presentación era admirablemente reticente, pero daba a entender que en el presente no dispone casi de tiempo libre. Si esta circunstancia cambiara y usted pudiera pasarse por aquí, estaríamos más que contentos de ofrecerle un vaso de vino y de hablar más de todo esto. Confiamos en que no se desaliente. Quizás le ayude saber que nuestras cartas de rechazo no suelen contener más de tres frases.
Se disculpa usted, de pasada, por no escribir sobre la guerra. Le enviaremos un ejemplar de nuestro último número, con un editorial que hace al caso. Como verá, no creemos que los artistas tengan la obligación de adoptar una actitud cualquiera ante la guerra. En realidad, tienen razón y hacen bien en no prestarle atención y en consagrarse a otros temas. Puesto que los artistas son políticamente impotentes, tienen que aprovechar este tiempo para desarrollar estratos emocionales más profundos. Su tarea, su tarea bélica, consiste en cultivar su talento, y en seguir el rumbo que le exija. La guerra, como hemos dicho, es enemiga de la actividad creativa.
Su dirección sugiere que quizás sea usted médico o que sufre una larga enfermedad. En este último caso permítanos desearle una recuperación rápida y completa.
Por último, una persona de nuestra redacción se pregunta si no tendrá usted una hermana mayor que estudió en Girton hace seis o siete años.
Atentamente,
C.C
la maravillosa novela Expiación

*McEwan, Ian. Expiación (Barcelona, Anagrama, 2001), pp. 365-369.

2 comentarios:

  1. Acabo de leer la publicación y simplemente tengo un interés irresistible en leer ese libro

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  2. Y yo te diría que no dejes pasar el momento, ya que el libro es excelente

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