jueves, 13 de febrero de 2014

Selección de cartas de amor

La carta de amor, de Eugene de Blaas
El festejo de San Valentín nos da la excusa perfecta para compartir una linda selección de cartas de amor

Linda y variada, porque reflejan no solo las distintas personalidades de sus autores, sino también la singularidad de las situaciones en que fueron escritas: encontramos novios que recorren todas las formas de la nostalgia para hacerle saber a su enamorada cuánto la extrañan; despedidas tajantes y definitivas tanto como intentos desesperados (lo que posiblemente transmite un tormento mayor aún) de que la relación no se extinga; cartas plácidas de reconocimiento y gratitud, e incluso sutiles reproches, de esos que tras una apariencia lúdica ocultan un reclamo bien real. 

Por ejemplo, una carta entre amantes, la de Adolfo Bioy Casares (ya unido por entonces -año 1951- en matrimonio a la escritora Silvina Ocampo) dirigida a Elena Garro (casada, por su parte, con Octavio Paz): 
Mi querida, aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a Víctor Hugo. Sin embargo, te quiero más que a nadie… Desconsolado canto, fuera de tono, Juan Charrasqueado (pensando que no merezco esa letra, que no soy buen gallo, ni siquiera parrandero y jugador) y visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de las seis y con adoración a Helena. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo. Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco. Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia… Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos. Además, recuerda lo bien que nos entendemos cuando estamos juntos… recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado… Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades.
Winston Churchill, en cambio, le escribe su esposa (el 23 de enero de 1935) en clave de apacible celebración: 
Mi querida Clemmie: 
En tu carta desde Madras me escribiste algunas palabras muy queridas por mí sobre cuánto enriquecía tu vida. No puedo expresarte qué placer me dio esto, porque me siento siempre de forma aplastante tu deudor, si puede haber cuentas en el amor... Lo que ha sido para mí vivir todos estos años en tu corazón y compañerismo ninguna frase puede transmitirlo. El tiempo pasa velozmente pero ¿no da felicidad ver cuán grande y creciente es el tesoro que hemos recolectado juntos, en medio de las tormentas y de las tensiones de tan agitados y en cantidad trágicos y terribles años?
Tu amante esposo. 
A su adorada Clara le escribe Juan Rulfo (escueto para publicar obra, pero no para redactar cartas), cuando por circunstancias laborales debía pasar temporadas alejado de su joven esposa: 
Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor... Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.
Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.
Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara? He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.
Al parecer, el temible Napoleón no encontraba mejor modo de influir en su esposa, Josefina, que el regaño enfático:
No le amo, en absoluto; por el contrario, le detesto, usted es una sin importancia, desgarbada, tonta Cenicienta. Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; usted sabe qué placeres sus letras le dan, pero ¡aun así usted no le ha escrito seis líneas, informales, a las corridas!
Finalmente, una carta trágica, pero sin duda amorosa: la que le deja la novelista Virginia Woolf a su marido, Leonard, antes de suicidarse, el 28 de marzo de 1941: 
Querido: 
Me siento segura de estar nuevamente enloqueciendo. Creo que no podemos atravesar otro de estos terribles períodos. No voy a reponerme esta vez. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor hacer. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todas las formas todo lo que alguien puede ser. No creo que dos personas hayan sido más felices hasta que apareció esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy estropeando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda la felicidad en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bondadoso. Quiero decirte que todo el mundo lo sabe. Si alguien podía salvarme, hubieras sido tú. Nada queda en mí salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destruyendo tu vida por más tiempo. 
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido. 
¿Qué otras cartas conocen o les gustan? ¿Alguna carta que ustedes hayan escrito y quieran compartir? 

6 comentarios:

  1. Muy Buena celebración del Día del Amor y la Amistad, con estas cartas en remembranza. Muchas gracias, por compartir con nosotros.

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  2. he venido en repetidas ocasiones a releer las bellas letras de estas cartas... wow!
    gracias por acercarnos de esta forma al ser humano antes que al peraonaje historico... el amor siendo universal nos coloca en un mismo tono en cualquier tiempo y lugar

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  3. Las que componen el libros Boquitas pintadas, de Manuel Puig. Van describiendo con creciente interés la trama de la novela

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  4. Las cartas de Frida Khalo y Diego Rivera eran hermosas también...

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. "No apetezco sino lo que tú ambicionas para ambos porque me doy cuenta de la insignificancia de otros deseos comparados con el hecho de que seas mía. Estoy adormilado y muy triste al pensar que tengo que conformarme con escribirte en vez de besar tus dulces labios".
    Fragmento de la carta de amor de Freud a su amada.

    No recuerdo de dónde lo saqué pero me gustó mucho.

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