jueves, 3 de septiembre de 2015

Un cuarto propio


A Virginia Woolf le piden una conferencia sobre la mujer y la novela. Pero ella se pone a pensar en lo que de verdad le interesa: la diferencia de condiciones entre un género y otro, y la desgracia de ver dificultada la práctica de la escritura. Y dice, para empezar su análisis (que sí, abordará el tema de la mujer y la novela):
“Solo puedo ofrecerles una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela”.
(...) “Si una mujer escribía, tenía que hacerlo en la sala común. Y, como se hubo de lamentar Miss Nightingale con tanta vehemencia -las mujeres nunca tienen una media hora… que sea realmente de ellas-, siempre la interrumpían".
Todo esto está en su muy recomendable libro Un cuarto propio. Y como un cuarto que valga la pena tiene siempre una vista que nos permite descansar los ojos y pensar, así, con más libertad, este cuadro nos hace acordar a él. De John Piper, Vista desde una ventana (1933):

viernes, 31 de julio de 2015

Bartleby, el escribiente de la reticencia cortés

Melville, hacia 1860
El 1º de agosto de 1819, hace casi 200 años, nacía Herman Melville, primero marino y después escritor. Su obra más conocida es Moby Dick o la ballena blanca, pero hoy lo recordamos por el notable relato Bartleby, el escribiente, que presenta uno de los personajes más intrigantes de la historia de la literatura. Aquí, la escena del primer desconcierto que Bartleby provoca en el pobre narrador:
Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos. No se detenía para la digestión. Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente.
Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la fidelidad de la copia, palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en una oficina, se ayudan mutuamente en este examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un asunto cansador, insípido y letárgico. Comprendo que para temperamentos sanguíneos, resultaría intolerable. Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron sentado junto a Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas con letra apretada.
Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.
En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó: 
Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta:
Preferiría no hacerlo.
Preferiría no hacerlo repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos. ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página: tómela y se la alcancé.
Preferiría no hacerlo dijo.
Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.
Me quedé mirándolo un rato largo mientras él seguía escribiendo y luego volví a mi escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer? Mis asuntos eran urgentes. Resolví olvidar aquello, reservándolo para algún momento libre en el futuro. Llamé del otro cuarto a Nippers y pronto examinamos el escrito.
La obra entera, de regalo, en este enlace: http://www.librosenred.com/libros/bartlebyelescribiente.html.

Y una versión libre en variante microrrelato, aquí.

lunes, 20 de julio de 2015

Escritores y amigos

Es el Día del Amigo (en la Argentina... pero, como siempre decimos, cualquier efeméride linda sirve de excusa para el festejo de todos). En otra oportunidad, nos dedicamos a la amistad en la literatura, dentro de los libros. Por ejemplo, la amistad entre Sherlock Holmes y su complementario y elemental Watson; entre los marginados Cruz y Martín Fierro, del largo poema del mismo nombre; entre Tom Saywer y Huckleberry Finn; entre Don Quijote y Sancho Panza (otro par infaltable de opuestos), entre el ingenioso Asterix y el noble y glotón Obelix... 

Por eso, para cambiar el foco, hoy pasaremos revista a la amistad entre escritores, a esas relaciones que sobrevivieron exitosamente a cualquier sombra de rivalidad que naturalmente hubiera podido surgir entre personas consagradas en lo suyo. 

Por ejemplo, los de la imagen: Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges (presentados por Victoria Ocampo), tan cómplices y de humor tan afín que debe de haber sido un placer verlos estar juntos (aunque esto sea imposible, un poco podemos escuchar sus conversaciones si leemos las entradas del diario Borges, que Bioy Casares alimentó luego de cada encuentro durante sus 50 años de amistad). Borges y Bioy pudieron incluso trabajar juntos: crearon antologías editoriales a pedido, ejercieron como jurados de concursos y escribieron cuentos cómicos y detectivescos bajo el heterónimo (es decir, toda una identidad literaria ficticia) Honorio Bustos Domecq. 

También fueron amigos (aunque más acotadamente, durante los años 20) los escritores estadounidenses Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald, y ahí tenemos la película de Woody Allen en Medianoche en París para mostrarlo. Y los autores ingleses C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien, responsables de los mundos de Narnia (con las Crónicas del mismo nombre) y de Tierra Media (por la saga de El Señor de los anillos), respectivamente, ambos miembros de la Universidad de Oxford y amantes de la mitología nórdica. 

Volviendo al ámbito latinoamericano, amigos, y muy amigos, fueron también Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, hasta que la relación terminó en el año 1976 con un puñetazo, de dudosa causa, del segundo al primero. Más estable y duradera (desde los 60 hasta el 84, cuando Cortázar murió) fue la relación de Gabo con el autor de Rayuela, otro favorecido (como él, como Vargas Llosa, como el mexicano Carlos Fuentes y como Donoso) por el boom literario. Al parecer, García Márquez lo admiraba: "Cortázar era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande", dijo una vez . 

¿Qué otros escritores amigos conocen? Lo seguimos conversando aquí. 

lunes, 15 de junio de 2015

Había una vez y otros comienzos invitantes

del pintor estadounidense David Hettinger: una lectora ya atrapada 
El inicio de un libro es, según el escritor David Lodge, "el umbral que separa el mundo real que habitamos del mundo que el novelista ha imaginado". Por eso mismo, debería invitarnos y conseguir que nosotros, los lectores, aceptemos gustosos entrar en él.

En el Día del Libro (al menos en la Argentina, pero una efeméride que celebra la literatura nunca está de más...) recordamos algunos comienzos memorables, que logran atraernos y que deseemos seguir hospedados en la historia. Son inicios que a veces consisten solo en la primera oración y, otras, en los primeros párrafos, pero siempre, más breves o más desarrollados, son simplemente, en lo esencial, una pequeña selección de palabras que logran introducirnos en una escena, presentarnos unos personajes, engancharnos con un conflicto, atraparnos con un enigma. Todo en muy pocas líneas.

Por ejemplo, con una pregunta de los propios personajes:

“¿Encontraría a La Maga?”, que es la pregunta que da pie al narrador a contar cómo es esa pareja conformada por Oliveira y la Maga, que juega a los azares en París, en la más famosa novela Cortázar, Rayuela).

O la de Alicia en el País de las Maravillas, cuando la pequeña protagonista descarta los libros sin ilustraciones ni diálogos (en un guiño al lector, que sí está iniciando una obra repleta de esos recursos): “Alicia empezaba a estar harta de seguir tanto rato sentada en la orilla, junto a su hermana, sin hacer nada: una o dos veces se había asomado al libro que su hermana estaba leyendo pero no tenía ilustraciones ni diálogos, ‘¿y de qué sirve un libro –pensó Alicia– si no tiene ilustraciones ni diálogos?’”.

En otros casos, los comienzos ponen al día al lector: recapitulan velozmente cómo se llegó a una situación desafortunada. Y la intriga es cómo pueden mejorar los personajes sus circunstancias en adelante:

La Ilíada, por caso, que explica el conflicto que llevó al hábil combatiente Aquiles a abandonar los campos de batalla en perjuicio de los aqueos: “Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquileo; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades las almas valerosas de los héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de las aves –cumplíase la voluntad de Zeus– desde que se separaron con disputa el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquileo”.

Y el inicio de Nada que perder, del escritor argentino Andrés Rivera: “Mi padre murió y lo cremaron. Pero no todo fue tan fácil como lo acabo de decir”.

También están los comienzos que se animan a adelantar lo que sigue, en particular, las desgracias:

“Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su desgracia”, de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez. O “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se despertó a las 5.30 de la mañana” (Crónica de una muerte anunciada, del mismo autor).

"Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase esto antes que nada", el inicio increíble de Canadá, del autor estadounidense Richard Ford.

Otros se apoyan en sentencias tajantes como verdades universales:

"El pasado es un país extranjero: allá hacen las cosas de otra manera", de El alcahuete, de L. P. Hartley.

O “Es una verdad universalmente reconocida que a todo hombre soltero que posee una gran fortuna le hace falta una esposa”, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. O “Todas las familias felices son iguales, pero las desdichadas lo son cada una a su manera”, de Anna Karenina, de Tolstoi.

Mientras que están, también, los inicios que empiezan dubitativos, buscando (tal vez infructuosa y hasta exasperantemente, como se da tanto en las obras de Saer) la precisión:

"Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre, del sesenta o del sesenta y uno, octubre tal vez, el catorce o el dieciséis, o el veintidós o el veintitrés tal vez, el veintitrés de octubre de mil novecientos sesenta y uno pongamos, qué más da", de Juan José Saer en Glosa.

¿Qué otros inicios han logrado atraparlos? Lo conversamos aquí.

jueves, 11 de junio de 2015

Al abrigo, de Juan José Saer

Se cumplen hoy 10 años de la muerte del escritor argentino (gran creador de personajes que revisita una y otra vez; exquisito prosista) Juan José Saer

Entre sus muchas obras merecen destacarse La mayor (1976) Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983) y Glosa (1985). Aquí hoy lo recordamos con un pequeño cuento presente en el primer título. Se llama "Al abrigo":
"Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón -muerte, olvido, fuga precipitada, embargo- el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que, por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido -un diario, o lo que fuese-, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido.
Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo".

lunes, 20 de abril de 2015

Día del libro y de los libros por antonomasia

Mujer leyendo, del pintor colombiano Fernando Botero
Esta semana (más precisamente el jueves) se festeja el Día Internacional del Libro. ¿Por qué justo el 23 de abril? Porque es la fecha en que se dio una notable coincidencia. Ese día, en el año 1616, tres grandes escritores pasaron a la inmortalidad literaria: Miguel de Cervantes, William Shakespeare (aunque bajo otro calendario) y el Inca Garcilaso de la Vega. Y esta celebración nos llevó a pensar en los libros por antonomasia: los eternos clásicos de la literatura.

"Yo he tratado más de releer que de leer", decía un Borges entrado en años. Según declaraba en entrevistas, hacía tiempo que había optado por revisitar textos ya leídos (evaluados en su momento y considerados piezas maestras), en vez de buscar nuevos méritos en otros por conocer. Lo más seguro es que coincidiera en esto con Ítalo Calvino, para quien los clásicos se definían, precisamente, por no agotarse en una primera (ni segunda, ni tercera) lectura. Así caracterizaba estas obras especiales el escritor italiano en su (ya clásico también) Por qué leer los clásicos: 
“Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima”. 
“Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”. 
“Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres)”.
“Se llama clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes”. 
“Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo”.

¿Cuál es su clásico, el que usted no se cansa de releer, el que cubre siempre sus expectativas, el que en cada lectura le aporta una visión enriquecedora o un disfrute nuevo? ¡Lo conversamos aquí!

miércoles, 18 de marzo de 2015

Manías del lector

La constancia para seguir una historia, la capacidad de abstraerse del mundo por fuera de las páginas, la afición a observar otras realidades tal vez hagan del lector una figura propensa a las manías. O tal vez sea pura casualidad. Pero lo cierto es que la mayoría de los que leemos presentamos algunos de estos hábitos… o vicios, según sea la frecuencia e intensidad de la práctica:
Oler (aspirar) los libros.
Empezar a leerlos por atrás o salteadamente.
Subrayar con birome las frases logradas.
Subrayar con resaltador las frases logradas.
Subrayar con un delicado lápiz las frases logradas.
No subrayar ni intervenir en lo más mínimo el espacio sagrado de la página impresa (y advertir a quienes les prestamos los libros que se abstengan de cometer tal herejía).
Corregir las erratas de los libros. Agregar, a veces, comentarios indignados.
Usar tickets, boletos, hojas secas de los árboles o vulgares señaladores para marcar las páginas.
Doblar la puntita de la hoja para marcar la página.
Leer el libro del vecino cuando en un transporte público nos quedamos sin lectura.
Elegir un libro para cualquier viaje en transporte público, incluso uno de 10 minutos. O más de un libro, por si alguno no "funciona".
Nunca dejar un libro por la mitad... o, por el contrario, empezar varios a la vez, sin fidelidad garantizada a priori.
Identificar los libros propios. Con ex libris (literalmente, 'de entre los libros': las etiquetas o los sellos compuestos de un dibujo y del espacio para poner el nombre del propietario, como el de la imagen).

O poner nuestras iniciales en los libros (el nombre completo, el año, el número de teléfono y el nombre de quién lo regaló y la fecha de cuándo).
Anotar, al final del libro, la fecha en que lo terminamos. Y, tal vez, el veredicto. 
No poder irse a dormir sin leer algo, un poco. Aunque ya sea tarde y aunque mañana haya que madrugar.  
Comprar más de una edición de un libro favorito. Tenerlo en versión de bolsillo, en tapa dura, en e-book, ilustrado...
¿En qué manía se reconocen? ¿Y cuál agregarían? Anímense… ¡no están solos en esto!