domingo, 24 de abril de 2011

Carpentier contra los adjetivos

El 24 de abril de 1980 murió el escritor cubano Alejo Carpentier.

Novelista y ensayista cubano, Carpentier influyó notablemente en el desarrollo de la literatura de América Latina. Entre sus novelas, se destaca El reino de este mundo (1949), en cuyo prólogo presenta sus reflexiones acerca de lo real maravilloso (allí propone que ese estilo literario que funde la narrativa con elementos fantásticos solo es posible en una realidad como la latinoamericana, sobreabundante y maravillosa en su naturaleza y su historia, compuesta por mitos y leyendas). También han sido muy celebradas Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962).

Apoyó el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, y desde entonces ocupó diversos cargos culturales y diplomáticos. En 1977 recibió el Premio Cervantes.

Aquí compartimos un texto sobre la práctica de escribir, "El adjetivo y sus arrugas":
Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis, luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", "Tanto va el cántaro a la fuente...", "El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.

El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación —sincera o fingida— tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario.

Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violoncelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico.

Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.

Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que solo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.

Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia como por quien escribió el Quijote.

4 comentarios:

  1. Me encanta este blog! Hoy es la primera vez que lo leo. No sabía que había muerto Alejo Carpentier de cuyos "Pasos Perdidos" disfruté por añares y seguiré disfrutando...

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  2. No me avergûenza reconocer que, aun cuando he oído hablar de Alejo Carpentier, no conozco su obra. Voy a interesarme más en ella. Coincido con el autor en cuanto al uso del adjetivo; pienso que en muchas ocasiones es innecesario, y que más bien puede deformar el sustantivo, pero algunas veces puede servir para darle mayor significación a éste.

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  3. Carpentier en mi escritor favorito. El título de mi primer libro es una frase de su novela La consagración de la primavera.
    Lindo blog.

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