miércoles, 13 de abril de 2011

Fernando Lázaro Carreter, el dardo en la palabra

El 13 de abril de 1923, nacía Fernando Lázaro Carreter, filólogo español y director de la Real Academia Española entre 1992 y 1998.

Publicó obras de interpretación literaria, pero es recordado sobre todo por sus reflexiones sobre el uso del lenguaje, recopiladas con los títulos El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra.

De estos textos, que denuncian en clave irónica el lenguaje descuidado de los medios masivos (en la televisión, la radio y los periódicos), extrajimos estos fragmentos (¡a ver quién no aprende algo de ellos!):
"Escuchar / oír constituyen mi mayor desengaño; emprendí hace mucho una cruzada contra la confusión, y no he podido con la conjura de infinitos radiofonistas, destructores del distintivo entre ambos verbos, esto es, de la nota 'con atención' que aporta escuchar. Se puede oír sin escuchar y, a la inversa, se puede escuchar sin oír apenas cuando, por ejemplo, se escoña –está en el Diccionario– la megafonía, y se hacen vanos esfuerzos por enterarse. Y así: '¿Me escuchas, Mara?' (ciento veintidós veces cada noche) exige la respuesta: 'Sí, pero no te oigo; ¿hablas desde un móvil?'."


"Otros escándalo, otro vocablo herido: leo en un diario que un desalmado mató a su madre a cuchilladas; pero no, no lo leo así: lo que el diario dice es que la ejecutó. El zafio redactor, para evitar la vulgaridad de matar, busca en su magín vocablos sinónimos y cree que ejecutar lo es, cuando –y todo el mundo lo sabe menos él– este verbo significa una manera sui géneris de dar muerte: por decisión de la justicia. Lo cual es privilegio de los verdugos, no de los hijos desalmados."
"¿Quién dijo que los comentaristas deportivos son los más porfiados agresores con que cuenta el idioma? Pues no; en ocasiones, resultan ser muy finos arcaizantes. Hace ya muchos años llamé la atención en algún 'dardo' sobre su empleo terco del imperfecto en -ra. Y aportaba aquel soberbio ejemplo, en el que el locutor, dando cuenta de los abrazos de despedida que estaba recibiendo un jugador, dijo que quien se los daba en aquel momento era el 'masajista que tantas veces lo masajeara'. El encopetado vejestorio gramatical que es ese subjuntivo, en vez de masajeó o había masajeado (...), es un noble residuo gramatical propio como mínimo de vizcondes ("Lleva un título que otorgara Isabel II a un amante de mi tatarabuela, con aquel corazón generoso de Su Majestad'), no abunda ya tanto, pero está bien presente en la parla futbolera: 'Ronaldo, que militara otrora en el Barsa y después en el Inter, y que se lesionara jugando en éste...'. Pues sus usuarios, no conformes aún con tanta antigüedad, apelan a menudo a otra palabra de levita cuando dicen por ejemplo que 'Sergi está presto para saltar al terreno de juego'. Adjetivo que encaja bien en los escritos literarios o casi, pero que, en el coloquio, impresiona tanto como un bañista con gola. Parece obvio que los usos orales debieran ser los propios de tales narradores de micro (¡y cuánto abusan de ellos muchos de ellos, aplebeyando pedestremente el idioma, empedrándolo de tacos soeces, vuilando la libertad de expresión hasta delinquir!); en el idioma llano que hablamos, ese presto sume en estupor si pilla de repente y no se está previamente dispuesto o preparado."

1 comentario:

  1. lo mismo los que dicen un muchacho joven en deporte se cansa uno de oirlo

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