lunes, 28 de septiembre de 2009

Efemérides destacadas. Autores de radio- y teleteatros


El 12 de septiembre de 1931 nació el talentoso autor de exitosas telenovelas y obras de teatro Alberto Migré. Se había iniciado en la radiofonía, pero con el auge de la televisión se volcó a este nuevo medio. Entre sus libretos más recordados (escribió más de 700) figuran los que dieron pie a las telenovelas "Rolando Rivas, taxista", "El amor tiene cara de mujer", "Pobre diabla", "Dos a quererse", "Piel naranja" y "Esos que dicen amarse".

Ya sus títulos revelan cómo ponía recursos literarios en función del arte popular. Pero además Migré se destacó por proponer historias intensas y, a la vez, originales, con personajes novedosos e inolvidables. Fue de los primeros autores de culebrones en quebrar el modelo del final feliz: lejos de que el último cuadro mostrara a los protagonistas en brazos del ser amado, algunos de ellos terminaban separándose e, incluso, muriendo.

Su pasión por el trabajo y su audacia para plantear historias hacen recordar al entrañable personaje Pedro Camacho, elaborado por Mario Vargas Llosa -inspirado en el autor real Raúl Salmón, según él mismo dijo- en La tía Julia y el escribidor.

Así lo presentaba el escribidor Varguitas en los primeros capítulo de esta novela reconocidamente autobiográfica:

"Era un ser pequeñito y menudo, en el límite mismo del hombre de baja estatura y el enano, con una nariz grande y unos ojos extraordinariamente vivos, en los que bullía algo excesivo. Vestía de negro, un terno que se advertía muy usado, y su camisa y su corbatita de lazo tenían máculas, pero, al mismo tiempo, en su manera de llevar esas prendas había algo en él de atildado y de compuesto, de rígido, como en esos caballeros de las viejas fotografías que parecen presos en sus levitas almidonadas, en sus chisteras tan justas. Podría tener cualquier edad entre treinta y cincuenta años, y lucía una aceitosa cabellera negra que le llegaba hasta los hombros. Su postura, sus movimientos, su expresión parecían el desmentido mismo de lo espontáneo y natural, hacían pensar inmediatamente en el muñeco articulado, en los hilos del títere.

(...) Parecía que en esa voz no solo desfilara cada letra, sin quedar mutilada ni una sola, sino también las partículas y los átomos de cada una, los sonidos del sonido. Al instante, con un movimiento veloz y automático, el hombrecillo estiró uno de sus bracitos, dio unos pasos hacia mí, me ofreció una manita de niño, y con su preciosa voz de tenor, haciendo una nueva genuflexión cortesana, se presentó:-Un amigo: Pedro Camacho, boliviano y artista.

Pedro Camacho, encargado de todos los radioteatros de la Radio Central, sí que se tomaba su trabajo en serio. Siempre hablaba de su escritura como "el arte". Era un hombre de pasiones, de amor u odio. Una de sus características salientes era la aversión a determinado pueblo latinoamericano:

"Su odio a los argentinos en general, y a los actores y actrices argentinos en particular, parecía desinteresado."

Otra, la costumbre de tomar té de yerbaluisa y menta. Y otra, la seriedad con que preparaba sus historias. Camacho se había comprado un mapa de Lima para poder situar en concreto los escenarios de sus obras. Precisaba clasificar cada barrio por sus componentes más prototípicos, para decir con mayor representatividad y economía las cualidades de cada personaje:

"No me interesa toda la gente que compone cada barrio, sino la más llamativa, la que da a cada sitio su perfume y su color. Si un personaje es ginecólogo debe vivir donde le corresponde y lo mismo si es sargento de la policía.

(...) Me sometió a un interrogatorio prolijo y divertido (para mí, pues él mantenía su seriedad funeral) sobre la topografía humana de la ciudad y advertí que las cosas que le interesaban más se referían a los extremos: millonarios y mendigos, blancos y negros, santos y criminales. Según mis respuestas, añadía, cambiaba o suprimía iniciales en el plano con un gesto veloz y sin vacilar un segundo, lo que me hizo pensar que había inventado y usaba ese sistema de catalogación hacía tiempo. ¿Por qué había marcado solo Miraflores, San Isidro, la Victoria y el Callao?-Porque, indudablemente, serán los escenarios principales -dijo, paseando sus ojos saltones con suficiencia napoleónica sobre los cuatro distritos-. Soy hombre que odia las medias tintas, el agua turbia, el café flojo. Me gustan el sí o el no, los hombres masculinos y las mujeres femeninas, la noche o el día. En mis obras hay aristócratas o plebe, prostitutas o madonas. La mesocracia no me inspira y tampoco a mi público."

También se apoyaba en "un amigo fiel y un buen ayudante de trabajo", el libro Diez Mil Citas Literarias de los Cien Mejores Escritores del Mundo. Lo que dijeron Cervantes, Shakespeare, Moliere, etc., sobre Dios, la Vida, la Muerte, el Amor, el Sufrimiento, etc., para poder poner en boca de los actores oportunas citas de amor o interpretaciones rotundas de la vida.

Hacia el final de la historia, cuando ya Pedro Camacho sucumbe ante el agotamiento mental o la locura, y termina enredando las historias entre sí (poniendo a un comisario del radioteatro de las 10 como juez en la novela de las 13) o liquidando a sus protagonistas sin preaviso, un personaje sostiene:

"Un tipo capaz de matar a todos los personajes de una historia de un terremoto es digno de respeto".

Hay que aclarar, por supuesto, que Alberto Migré nunca se volvió loco. Murió en su casa, mientras dormía, el 10 de marzo de 2006.

3 comentarios:

  1. La tia Julia y el escribidor, es para mi, sin duda alguna, uno de los libros más cómicos que he leído. Pedro Camacho es de esos tipos del cual toda la gente se puede reír, pero ellos seguirán imperturbables respecto a sus conceptos.

    ¿¡Como olvidar a Sarita Huanca, al negro de un solo diente, al policía (asiduo lector de pato Donalds...) al árbitro de futbol obsesionado, etc!? Y del otro lado del micrófono, pero no menos inolvidables Pascual, Varguitas, los "progresistas" dueños de las radios, a la boliviana Julia.

    No se puede negar que aunque extremistas los culebrones, eran envolventes, y te quedabas con las ganas de leer el resto de la radionovela.

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  2. Sabemos que la salvación no se compra con ningún precio material, ni espiritual, ni con sacrificios que el hombre pueda hacer.

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