martes, 13 de diciembre de 2011

Cela: diálogos entre un editor y un novelista

 El 13 de diciembre de 1995, Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura 1989, obtiene también el máximo galardón de las letras españolas: el Premio Cervantes.

De Cela transcribimos más abajo un fragmento de Café de Artistas, que nos parece de lo más simpático y que trata, precisamente, de la relación entre editores y autores:
"En el bar, delante de una café con leche, un editor le explica a un novelista flaquito, con cara de padecer de hígado y quién sabe si también de hemorroides:

-Mire usted, Cirilo, dejémonos de zarandajas y de modernismos. La novela, ¿me escucha usted?

Cirilo se sobresaltó por dentro y puso un gesto casi ruin de estar atendiendo mucho.

-Sí, señor, sí. La novela...

El editor siguió.

-Pues eso. La novela, dejémonos de monsergas y de modernismos, debe constar de tres elementos esenciales. ¿Me entiende usted?

El novelista, por poco, le responde:

-Sí, señor, le entiendo la mar de bien: fe, esperanza y caridad.

Pero pudo contenerse a tiempo.

-Sí, señor, ya lo creo. ¡Los tres elementos tradicionales, clásicos, esenciales! ¡Je, Je!

El editor respiró hondo y continuó.

-¿Quiere usted un cafetito?

-Bueno...

-Oiga, un cafetito para este señor.

El editor miró para Cirilo y Cirilo se compuso unos ojitos de oveja que querían significar todo su mucho agradecimiento.

-Y esos tres elementos de que le hablo, amigo mío, esos tres elementos tradicionales, clásicos, esenciales, dejémonos de gaitas y de modernismos, son ¿sabe usted cuáles son?

-Siga, siga...

-Pues son: planteamiento, nudo y desenlace. Sin planteamiento nudo y desenlace, por más vueltas que usted quiera darle, no hay novela; hay, ¿quiere usted que se lo diga?

-Sí, señor, sí.

-Pues no hay nada, para que lo sepa. Hay ¡fraude y modernismos!

El pobre Cirilo estaba hundido, anonadado. El editor usaba argumentos muy sólidos.

-Y si usted quiere le que encargue una novela, ya sabe: planteamiento, nudo y desenlace. Verbigracia: una joven huérfana trabaja como una negra para poder sacar adelante a sus once hermanitos, que también son huérfanos y están algo delicados. Para darle mayores visos de realidad, podemos decir que trabaja en el instituto nacional de previsión, en la sección de seguros para madres lactantes. Bueno. La joven, que se llama, por ejemplo, Esmeralda de Valle-Florido, o Graciela de Prado-Tierno, o algún otro nombre cualquiera, el caso es que sea bello y simbólico, conoce un día, en una cafetería americana, ¡hay que ser modernos!, a un joven apuesto, de mirar profundo, que se llama, por ejemplo, Carlos o Alberto. No se le ocurra ponerle Estanislao, comprenda que no hace bien.

-Claro; sí, señor.

-Pues eso. ¡Ya casi tenemos el planteamiento! Carlos, que es muy desgraciado, corteja  Esmeralda, que tampoco es feliz, pero Esmeralda le pone una condición: ¡Carlos! Dime, amor. ¡Quítate del vermú! Carlos se aparta de la bebida y la joven pareja pasa por instantes muy dichosos. ¿Eh, qué tal?

Cirilo estaba entusiasmado.

-¡Extraordinario!

El editor sonrió, satisfecho.

-Pues nada, ¡para que vea mi afán de colaboración!, si le gusta, ¡se lo regalo!

-Gracias, don Serafín, muchas gracias. ¡Nunca podré agradecerle bastante todo lo que usted hace por mí!

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada