sábado, 30 de enero de 2010

Salinger, el cazador oculto

El pasado miércoles 27, a los 91 años y luego de haber vivido aislado las últimas cinco décadas, murió el enigmático escritor norteamericano Jerome David Salinger.

Hizo su fama a partir de pocos, pero buenos, libros y de su posterior desaparición pública. El guardián en el centeno -también traducido como El cazador oculto-, Nueve cuentos y Franny and Zooey son los títulos más salientes.

Con una escritura muy delicada, que sabe qué indicios dar y qué información ocultar para que los hechos y sus protagonistas queden mejor revelados, Salinger es un cazador de complejidades, sutilezas y emociones profundas en personajes que siempre son un poco sobrevivientes (huérfanos, soldados, familiares de un suicida...).

Dos pequeñas muestras, seguramente no las mejores, de la forma exquisita, no exenta de gracia, con que Salinger da cuenta de los conflictos y la desazón casi vital y permanente de sus personajes. Una, en Franny, de Franny and Zooey:

"Franny había notado esta momentánea debilidad, y la había tomado por lo que era, ni más ni menos. Pero por algún acuerdo antiguo y permanente con su psique, optó por sentirse culpable de haberla visto y comprendido, y se condenó a escuchar la conversación de Lane con una especial apariencia de interés".
Y la otra en Esmé, según queda transcrito por el soldado que cuenta el diálogo:

"Adelantó las manos y las muñecas hacia el centro de la mesa, y recuerdo que quise hacer algo con ese enorme reloj pulsera que llevaba puesto... posiblemente aconsejarle que se lo pusiera en la cintura.

—Por lo general, no soy muy gregaria —dijo, y me miró como tratando de ver si yo conocía el significado de la palabra. Yo no le di a entender nada, sin embargo, ni en un sentido ni en otro—. Me acerqué pura y simplemente porque parecía estar usted muy solo. Se le ve en el rostro que es muy sensible.

Dije que tenía razón, que efectivamente me había sentido muy solo, y que me alegraba mucho de que ella hubiera venido a mi mesa.

—Estoy tratando de ser más compasiva. Mi tía dice que soy terriblemente fría—dijo, y de nuevo se tocó la cabeza—. Vivo con mi tía. Es una mujer sumamente bondadosa. Desde que murió mamá, ha hecho todo lo posible para que Charles y yo nos sintamos adaptados.

—Me alegro.

—Mi madre era terriblemente inteligente. Muy sensual, en muchos sentidos.—Me miró con una especie de fresca agudeza—. ¿Yo le parezco terriblemente fría?

Le dije que no, en absoluto, muy al contrario. Le dije mi nombre y le pregunté el suyo.

Vaciló.

—Mi primer nombre es Esmé. Creo que, por el momento, no voy a decirle mi nombre completo. Tengo un título nobiliario y a lo mejor a usted le impresionan los títulos. A los norteamericanos les suele ocurrir, ¿no es cierto?

Dije que no creía que me ocurriera a mí, pero que, de todos modos, podría ser una buena idea no tocar el asunto del título por ahora.

en "Para Esmé, con amor y sordidez" (que no por nada amerita aparecer en rankings sobre los cuentos más logrados http://foros.librosenred.com/viewtopic.php?t=1475)

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