En varios países de Hispanoamérica, se celebra en agosto (el segundo o tercer domingo) el Día del Niño. Por eso (o porque todos llevamos todavía en nosotros a quienes fuimos de chicos), es una buena ocasión para pensar en la literatura infantil y en cuáles fueron aquellos libros que nos marcaron y que consideramos imperdibles para cualquier niño.
La literatura infantil tiene fecha y motivo de nacimiento. Surgió de lo que se dio en llamar -en la historia de la cultura- la invención de la infancia, es decir, la definición y la concepción de la niñez y de la adolescencia como fases específicas de la vida, con sus propios problemas y necesidades. Hasta el siglo XIX, los niños eran solamente pequeños adultos: hombres o mujeres en potencia.
En la creación de una literatura para niños, tuvo que ver sobre todo la expansión de la educación primaria en Europa. Las escuelas comenzaron a necesitar material de lectura, lo que llamó la atención de los editores de la época que comenzaron a contratar autores para satisfacer el incipiente mercado. Muy pronto se dieron cuenta de que los nuevos libros debían cumplir con dos requisitos fundamentales: ofrecer historias laicas y pedagógicas.
El fin era didáctico y esto explica que, en las primeras décadas del 1800, los libros infantiles buscaran transmitir un código ético estricto. Las narraciones se ambientaban en lugares exóticos para captar la imaginación infantil, pero esa era la única concesión al apetito fantástico: todos los libros tenían un final feliz y moralizante. Se subrayaba sin cesar el valor de la solidaridad familiar, la honestidad, la fidelidad y la bondad, en lo que fueron los pilares de una ética no religiosa. Paralelamente, se advertía con énfasis acerca de los peligros de la avaricia y la compulsión al juego.
Más avanzado el siglo XIX, con el mismo afán didáctico, pero como respuesta a la creciente atracción que generaba en los más jóvenes la magia y los reinos de la imaginación, surgieron lo que hoy conocemos como cuentos de hadas. Originalmente, eran relatos orales, anónimos, que circulaban en ambientes campesinos. La industria editorial de entonces los reformuló de manera tal que pudieran expresar una idea moral. Así, las narraciones perdieron toda impropiedad, crudeza y referencia sexual que pudieran arrastrar de su pasado rural y adulto. Y se convirtieron en historias que defienden claramente valores con personajes idealizados, aptos para la infancia por educar. Así es que los cuentos de hadas, tal como los conocemos, no son sino la reformulación infantilizada de los cuentos populares campesinos. Como muestra, contrastemos los más clásicos con sus versiones originales:
La literatura infantil tiene fecha y motivo de nacimiento. Surgió de lo que se dio en llamar -en la historia de la cultura- la invención de la infancia, es decir, la definición y la concepción de la niñez y de la adolescencia como fases específicas de la vida, con sus propios problemas y necesidades. Hasta el siglo XIX, los niños eran solamente pequeños adultos: hombres o mujeres en potencia.
En la creación de una literatura para niños, tuvo que ver sobre todo la expansión de la educación primaria en Europa. Las escuelas comenzaron a necesitar material de lectura, lo que llamó la atención de los editores de la época que comenzaron a contratar autores para satisfacer el incipiente mercado. Muy pronto se dieron cuenta de que los nuevos libros debían cumplir con dos requisitos fundamentales: ofrecer historias laicas y pedagógicas.
El fin era didáctico y esto explica que, en las primeras décadas del 1800, los libros infantiles buscaran transmitir un código ético estricto. Las narraciones se ambientaban en lugares exóticos para captar la imaginación infantil, pero esa era la única concesión al apetito fantástico: todos los libros tenían un final feliz y moralizante. Se subrayaba sin cesar el valor de la solidaridad familiar, la honestidad, la fidelidad y la bondad, en lo que fueron los pilares de una ética no religiosa. Paralelamente, se advertía con énfasis acerca de los peligros de la avaricia y la compulsión al juego.
Más avanzado el siglo XIX, con el mismo afán didáctico, pero como respuesta a la creciente atracción que generaba en los más jóvenes la magia y los reinos de la imaginación, surgieron lo que hoy conocemos como cuentos de hadas. Originalmente, eran relatos orales, anónimos, que circulaban en ambientes campesinos. La industria editorial de entonces los reformuló de manera tal que pudieran expresar una idea moral. Así, las narraciones perdieron toda impropiedad, crudeza y referencia sexual que pudieran arrastrar de su pasado rural y adulto. Y se convirtieron en historias que defienden claramente valores con personajes idealizados, aptos para la infancia por educar. Así es que los cuentos de hadas, tal como los conocemos, no son sino la reformulación infantilizada de los cuentos populares campesinos. Como muestra, contrastemos los más clásicos con sus versiones originales:
- La segunda parte de "La bella durmiente del bosque" trata, en su primera redacción, de una ogresa. En el cuento que todos conocemos esa parte es suprimida: la historia termina con la boda entre el príncipe y la bella.
- "Caperucita Roja" es otro buen ejemplo. De todas las versiones orales recopiladas, solo la quinta parte tiene final feliz (es decir, Caperucita se salva y el lobo es castigado). Sin embargo, en la versión escrita que nos llegó a nosotros, lo tiene siempre.
- "Hansel y Gretel": originalmente, los niños eran expulsados por sus padres. Como esto de que hubiera padres naturales malévolos resultó intolerable, se cambió la versión de los padres desamorados por la dupla conformada por un padre amable y una madrastra cruel.
Y, como sabemos, se introdujeron por doquier cazadores bondadosos, princesas bellísimas y hadas encantadoras, dando lugar a un mundo edulcorado y predecible. El mundo que se consideró, en su momento, ejemplar.
Pero ya desde el siglo XIX fue surgiendo otra literatura pensada para niños, con historias que se salían del estereotipo. Por ejemplo, Alicia en el país de las maravillas (que ahora está por llevar al cine Tim Burton). Y también, mucho más cerca en el tiempo, las narraciones sobre los huerfanitos Baudelaire, redactadas con toda melancolía y escepticismo por Lemony Snicket, y agrupadas en la desperanzada saga Una serie de eventos desafortunados, compuesta por 13 títulos. La particularidad de estos libros ya no es que sus finales no son felices, en el sentido rotundo y clásico del término, sino que tampoco se dan mensajes moralizantes. Simplemente, se muestra cuán difícil e injusta puede volverse la vida y, como mucho, que la alianza con otros puede ayudarnos (un poco y a veces).
Pero ya desde el siglo XIX fue surgiendo otra literatura pensada para niños, con historias que se salían del estereotipo. Por ejemplo, Alicia en el país de las maravillas (que ahora está por llevar al cine Tim Burton). Y también, mucho más cerca en el tiempo, las narraciones sobre los huerfanitos Baudelaire, redactadas con toda melancolía y escepticismo por Lemony Snicket, y agrupadas en la desperanzada saga Una serie de eventos desafortunados, compuesta por 13 títulos. La particularidad de estos libros ya no es que sus finales no son felices, en el sentido rotundo y clásico del término, sino que tampoco se dan mensajes moralizantes. Simplemente, se muestra cuán difícil e injusta puede volverse la vida y, como mucho, que la alianza con otros puede ayudarnos (un poco y a veces).

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